Festeje mi primer y única impresa como el campeonato
mundial, tenía esa emoción, eran los 90, era lo más, tenia…no se ponele que
unos 8 o 9 años, era navidad, y corría como loco esperando las 12, mientras
tiraba unos cohetes que duraban como la realidad, pero eran así, una familia
unida, champai de oferta, sidra para los grasas y sonrisas a vida realizada.
La cosa se puso excitante cuando llegaron las 12, ese
horario milagroso, donde la gente tiraba su guita en luces efímeras, perros
ladrando como si fuera la última vez, una tía de no sé quien que acotaba algo
de que escuchan 7 veces más, las copas golpeaban su chin chin, y el ruido a
bolsa sale del comedor, todavía hay una prima que creen en ese viejo gordo disfrazado
para el polo norte, en los 35 grados del conurbano que viene con regalos, así
que no se puede decir nada, y claro como no me iba a gustar ser el grande que
sabia ese secreto genial? Así que seguí el juego.
Unos meses atrás en esos delirios grandilocuentes se le
ocurrió a mi viejo compra una computadora era la gran novedad, era lo que había
que tener, en esa casa alquila con un mal calefón, pero tener una computadora, te
daba estatus, te premiaba el haber llegado a no se donde, pero te ponía ahí,
dentro de los tipos que fuman de costado y usan zapatos lustrados. No había
internet ni nada de eso, de hecho no teníamos ni teléfono, pero la computadora
estaba, y hasta tuve una profesora, una tipa fea, con pelo largo y lacio, unos
cachetes prominentes y una tonando horrible con mezcla de saber ingles y
adenoides. Solía llegar tarde a esas clases de media hora en la que me
explicaba que era un disco rígido y no sé que mas que todavía hoy no se, como funcionaba
ese Windows, que no era ni el 95, tarde llegaba, si , en la esquina había un
torneo de yoyo fascinante donde hacia el columpio, el perrito y no se que mas,
hoy viéndolo de lejos, era una pelea del viejo mundo contra el nuevo, de la
diversión estúpida o la más estúpida, era para los viejos nostálgicos una
guerra de culturas, que se yo, para mí era eso, estar en la esquina donde nadie
me rompías las bolas.
Pero volviendo al tema, tenía la computadora, el gran lugar,
con su mesa, su silla y su propia habitación, que era la de mi hermana, y a
donde fue? Si a dormir a mi pieza. Pero faltaba algo, y ahí, justo ahí donde más
lo necesitábamos aparece mi tio, con su cara de agrimensor triunfante, su
pelada brillosa, su caminar pelotudo, y una sonrisa para el cachetazo, me
llama, cómplice con mi viejo, vengan tengo tu regalo…ahí viene la gran alegría,
una IMPRESORA, si señores la impresora usada en blanco y negro, esa que hacía más
ruido que la mierda, esa que se usaba con las hojas con los agujeritos al
costado para romper, esa misma que nunca use para nada, esa alegría inmensa,
ese salto, ese abrazo con mi viejo faaa. Ahí estaba la impresora, el plan
perfecto. No se para que la iba a usar, pero era el futuro, lo tenía en mis
manos, estaba conmigo, era un pibe de avanzada podía inflar el pecho en el
barrio, podía decirle que a pesar de no tener teléfono, de tener una madre
cornuda, viajes al Brasil con la plata de nadie, una abuela infeliz, primos en
Disney con caras de boludos, más un abuelo con cáncer, ese era, el pibe con
impresora, contento fui, camine, la puse, desesperado, cuando veces esperece
cientos de pibes pidiendo que quieran usarla, no recuerdo ni 4 o 5 veces en
funcionamiento. Eran los 90, era efímero, eran luces de a ratos, eran viajes y
deudas, eran autos rotos, era la sonrisa de mi tia sintiéndose en parís de los
30, era el arte del humo, era mi experiencia con el neo mundo, con el
neoliberalismo, era sentirme más cerca de la grasa de tio que ahora tenía una
impresa mejor y me daba sus sobras, que a su vez viajo por Miami y nosotros por
rio, era acercarme al sueño, recuerdo a mi madre feliz con su sonrisa engañada,
su labios de sabor a poco.
Recuerdo a esa impresora en un cajón de otra casa alquilada,
llena de polvo, recuerdo que era un recuerdo, recuerdo las peleas por
guita, recuerdo el contar monedas. Recuerdo al brillante de un amigo mientras
juntábamos guías de teléfono ya con 14 o 15 años, para venderlas y salir a
bailar proponer venderla para comprar una bolsa de porro, quien hubiera dicho
que no? Tal vez mi tio con su pelada mas pelada y su pelotudes mas pelotuda,
capas que mi tia con sus 90 tatuados en la piel hasta el dia de hoy, mi vieja
imposible, ni se acordaba de esa impreso, solo miraba un inodoro ajeno que
limpia para comer a la noche, mi viejo menos, ya no tenía casi rastro de el, y
mi hermana cada tanto se quejaba por viajar en un Citroën al cual le daba
vergüenza.
Ahí le dimos vida a esa impresa, se convirtió en la
expendedora de “créditos” la guita, el billete oficial del trueque, donde todos
llevamos lo que teníamos, ahí, con algún tránsfuga se la dimos, la cambiamos,
no por créditos, sino por nuestra bolsa de porro, ahí sentí que los 90 se
terminaron, que las ilusiones no existían mas, ahí en otra esquina, la
impresora no imprimía sino que se fumaba, ahí el humo de los 90, mientras más
se aguantaba el aire, mas pegaba.
benjamin